Diego Propato
Cosas de paráclitos, Herménides y Demócritos
En un río se encontraron un dragón y una tortuga, ambos estaban deshidratados. Para
llegar a un acuerdo sobre de quién sería el turno, primero tenían que entenderse. Esto
era vital. Si bebía el dragón la tortuga moriría de sed esperando que el agua hirviendo
en el esplendor de su ebullición vuelva a su temperatura original. En caso contrario
fallecería el ser mitológico aguardando los sorbos cuadro por cuadro del pasivo reptil.
Hablaban y hablaban pero sus argumentos parecían inverosímiles. El dragón insistía que
era su turno ya que la realidad era dinámica y en continuo cambio. La tortuga refutaba
señalando que le correspondía beber a ella debido a que la realidad era algo
absolutamente estática y fija. El primero argumentó sobre devenir y la transformación
incesante, la segunda de lo permanente, del ente que es presencia constante. El dragón
divisó que las nubes ya no era las mismas nubes porque de alguna manera el cielo había
gravitado en ellas. Entonces reflexionó que aquejado por la sed, él mismo ya no era el
ser contemplativo de hacía unos instantes y apelando a sus instintos más sensuales, sin
más lanzó una feroz llamarada. La tortuga a través de su rigor racional determinó que
con los pensamientos y no con los sentidos podía alcanzar la verdad y mediante el
reflejo más espasmódico de toda su vida introdujo sus patas y cabeza dentro de
caparazón evitando las llamas. El fuego transformó la tierra en una pantanosa sopa y ambos resbalaron cayendo en su líquido. Si bien podría llegar a ser cierta aquella
máxima: “ nadie es el mismo después de bañarse en un río por segunda vez”. La criatura
que emergió causó por demás sorpresa. No fue un dinosaurio con caparazón, ni una
tortuga escupiendo fuego. Por encima de un laberinto ya vaciado apareció un
ornitorrinco conciente y piromaníaco.



0 comentários:
Postar um comentário