18.2.13

Diego Propato













Diego Propato



Cosas de paráclitos, Herménides y Demócritos


En un río se encontraron un dragón y una tortuga, ambos estaban deshidratados. Para llegar a un acuerdo sobre de quién sería el turno, primero tenían que entenderse. Esto era vital. Si bebía el dragón la tortuga moriría de sed esperando que el agua hirviendo en el esplendor de su ebullición vuelva a su temperatura original. En caso contrario fallecería el ser mitológico aguardando los sorbos cuadro por cuadro del pasivo reptil. Hablaban y hablaban pero sus argumentos parecían inverosímiles. El dragón insistía que era su turno ya que la realidad era dinámica y en continuo cambio. La tortuga refutaba señalando que le correspondía beber a ella debido a que la realidad era algo absolutamente estática y fija. El primero argumentó sobre devenir y la transformación incesante, la segunda de lo permanente, del ente que es presencia constante. El dragón divisó que las nubes ya no era las mismas nubes porque de alguna manera el cielo había gravitado en ellas. Entonces reflexionó que aquejado por la sed, él mismo ya no era el ser contemplativo de hacía unos instantes y apelando a sus instintos más sensuales, sin más lanzó una feroz llamarada. La tortuga a través de su rigor racional determinó que con los pensamientos y no con los sentidos podía alcanzar la verdad y mediante el reflejo más espasmódico de toda su vida introdujo sus patas y cabeza dentro de caparazón evitando las llamas. El fuego transformó la tierra en una pantanosa sopa y ambos resbalaron cayendo en su líquido. Si bien podría llegar a ser cierta aquella máxima: “ nadie es el mismo después de bañarse en un río por segunda vez”. La criatura que emergió causó por demás sorpresa. No fue un dinosaurio con caparazón, ni una tortuga escupiendo fuego. Por encima de un laberinto ya vaciado apareció un ornitorrinco conciente y piromaníaco.


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